“Esta noche he tenido el matagatos de mis doce años.
Desde mi torre lo encañonaba contra alguien, no puedo saber quién, que debía pasar allá abajo, por la calle. La calle continuaba inerte y hueca, y yo desesperaba, presintiendo que tenía que matar, ya mismo y a quien fuese, aunque tuviese que echar el arma contra mí.
Miré la calle quieta y vacía hasta el infinito, me aseguré de no oír pasos, ni caballos de jinete o de carrueaje, y como entonces ya más no se podía, disparé en mi oreja, apuntando a mi cerebro. Escuché el estampido, cayó mi mano saliendo de la pólvora quemada, y mi cuerpo permanecía en pie y con vida. De la ventana se levantó un ave negra y picuda que yo no había visto hasta el momento. Abrió el pico y graznó, seguramente, pero yo no oí el graznido.
La bala me destrozó el oído (una bala destrozó los dos oídos), sin seguir adelante hacia el cerebro, sin matarme. Yo era sordo.
No recuerdo si también era dichoso.”
Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2004.
Lo leí de prestado un verano de 2007 en Oberá, Misiones. Era el primer verano que pasaba allí y el departamento chiquito y caluroso me permitía balconeadas a las tardecitas con Fermín, el gato-perro de la casa. La biblioteca era la de Walter Tresols, que me lo recomendó y me contó su historia triste.
me gusto que se “asegurara” de no ir lo que no oyó y que no recordara “si también era dichoso”. precioso!