Rosario, no sé la fecha

No dejan libre el barco. Está preso en un puerto al cual no podemos acceder. Hemos ya hecho todo lo posible y lo imposible. Hay algo que no se destraba. Si hay algo que se pone de manifiesto con estas cuestiones imposibles de resolver, es la falta de homologación que existe entre nuestros países. Pero también la falta de mutuo entendimiento e integración.

Una vez más, el Mercosur es el Mercoabsurd que no sirve de absolutamente nada. No hay claridad en las peticiones que nos han hecho y si no la hay, menos nos dan la oportunidad de resolver el problema.

San Pedro – Rosario

El barco no llegará a Ramallo. Se quedará en Rosario esperando cumplir con todas las disposiciones de Prefectura Argentina. De San Pedro salimos en un bus.

Nos acompaña un río inmenso y feroz, un gran río de soja al costado de las ventanillas.

Al llegar a la ciudad, divisamos el barco atracado en uno de los puertos. Bajamos, no podemos acceder, pero desde la reja logramos captar imágenes y hacer que aquello que no existía, empiece a hacerlo.

San Pedro

La llegada a San Pedro se produce ante la mirada de unos niños y muchachos que se bañan en el río. Hemos remontado el Baradero y bajamos de la lancha con toda la cantidad de petates que poseemos. Un desastre de pertenencias. Pancho me ayuda con la biblioteca. Nos espera un bus a poca distancia del pequeño muelle.

Paseamos, comimos ensaimadas, Reboratti nos mostró barrancas. Una señora salía de su hermosa casa mientras pasábamos en frente. “Ya no vienen más barcos por acá, antes íbamos a ver la llegada del Vapor de la Carrera”.

La Plata

Habiendo vivido años en Buenos Aires nunca había visitado el Museo de La Plata. Pienso en el padre de Beatriz, mi bisabuela, que vino a América para trabajar allí. No sé en qué. No he indagado lo suficiente. Me lo imagino, aunque nunca vi siquiera una fotografía de él,  caminando entre huesos de ballenas y elefantes: un ejército óseo, arquitecturas de cuerpos, andamiajes gigantes.

Anticipando nuestra travesía, los mosquitos atacan implacables. Empezamos a bailar una danza extraña, tratando de espantarlos inútilmente. Sólo Mito se aleja un poco del corro y saca el repelente, luego los demás lo imitan.

Luego, Punta Lara. Recuerdo el recuerdo de Walter.

Tigre – San Pedro

Es lunes. En la localidad del Tigre varios niños y niñas toman una lancha que los conducirá a la escuela, es el primer día de clases.

Es nuetro primer día, también. El encuentro con el río se hará, primero, en una lancha de pasajeros. Esperamos en el muelle. Cada uno con sus bártulos. Mónica no se desprende de su pequeño banano. Yo llevo una biblioteca en la maleta (mi ropa va en un bolso comprado en el Mercado de Frutos del Tigre, el día anterior, es uno de esos bolsos típicos de las paseras, me gusta).

Emprendemos viaje. Durante la travesía los expedicionarios han empezado ya sus intercambios.

Desde que cruzamos el Puente de Zárate no hemos visto casi ninguna embarcación.

El río dispone de las orillas que se empiezan a llenar de garzas blancas.

Una travesía nunca empieza cuando empieza

Rio a Navegar

Rio a Navegar

Parana Ra’anga es un proyecto desquiciado.Primero porque este tipo de proyecto son deseos que muy pocas veces logran su concreción. Segundo porque para ello hay que buscar un apoyo que, generalmente, debido a la naturaleza del proyecto, no se consigue.

Desquiciado también porque no tiene objetivos clarísimos, formulados, y por eso, también, clausurados. Tiene, en cambio, la apertura de lo que se hace para experimentar, sin saber qué nos encontrará  y cómo al final final del ovillo cuya punta estiramos.

Una travesía nunca empieza cuando empieza. Empieza antes, no se sabe muy bien cuándo. Y no importa, lo cierto es que ahora un grupo de paraguayos sobrevolamos Asunción, es el día 5 de marzo de 2010 y vamos rumbo a Buenos Aires.

Veo a mi izquierda el río Paraguay, el mismo al cual arribaremos cuando volvamos a tocar territorio paraguayo. La figura meandrosa del río acompaña el movimiento del avión que gira apuntando a destino.

Nos aproximamos a las nubes. Abajo, el lago Ypacaraí, aquel espejo, que luego desaparece ya. De repente, algo se quema abajo. Arterias angostas de tierra oxidada se desparraman sin cuadrícula.

Volvemos a girar, subimos en espiral. Bajo los hombros. Estamos en camino.