Hacia Corrientes

No recuerdo si navegamos hace tres o cuatro días. Las uñas han crecido. Es el momento de deshacerse del excedente. Las uñas, como indicio del paso del tiempo.

En el barco ya nadie sabe en qué día vive. Debemos concentrarnos unos minutos para embocar fecha, día. Pensamos cuándo pasó tal cosa y cuándo otra.

Corto mis uñas y recuerdo la luna de ayer: era una uña que aparecía en el cielo, la punta de un dedo mayor. El cielo es un cliché absoluto, pero no por eso menos bello.

Hemos ingresado ayer a otra dimensión: ataque de bichos, mosquitos y una vegetación levemente distinta.

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Sin Barranqueras por vía fluvial

No hay caso, se ha decidido seguir hasta Corrientes. El clima de nuevo ha venido a desarticular el plan. Iremos a Barranqueras por tierra. Es increíble esto de no haberse bajado del barco. Ese tiempo dislocado se siente en la piel.

La imagen del rayo

Varias personas en cubierta estuvieron horas tratando de tomarle fotos a los rayos. Cosa bastante difícil, como pudimos experimentar. Sólo algunos lograron el cometido. Fueron literalmente más rápidos que un rayo.

Obviamente, este post va sin imagen, se imaginarán porqué.

Lejos de Barranqueras

Otra tormenta nos ha dejado quietos.

“Reprogramación” es una de las palabras que más he oído en estos días. Asumir la contingencia es una de las maravillosas cosas que tiene esta travesía. Aunque, a veces, eso quiera decir quedarnos quietos.

Uno de los temas de más álgido debate hasta ahora es el medioambiental.

A mí el tema de la hidrovía me afecta el cuerpo, no entiendo ni entenderé cómo un proyecto así puede caber en la cabeza de alguien.

Destino Barranqueras

No haber bajado en Goya nos pone en una situación extraña. Días sin bajar del barco hacen que el tiempo agudice sus capacidades para confundir. Alejandro y Pablo V. han bajado para desarrollar la actividad  prevista en Goya, una observación del equinoccio. En la lancha hacia tierra han bajado otras tantas personas, Meliá entre ellas. Han subido otras más. La maniobra se hizo a la mañana temprano. Yo ando levantándome temprano y veo los amaneceres (que al igual que los ocasos, no sé porqué tenemos la sensación de estar viendo algo único).

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Cada vez que sube alguien nuevo hacemos las debidas presentaciones, la entrega de los sombreros toba, los pines con la estrella de Renzi, los cuadernitos, las cajitas de Claudia, los lápices, los calendarios.

Por lo general y salvo excepciones, las personas que hacen tramos cortos de la travesía, quedan extrañadas. El grupo ya es casi un organismo al cual se hace difícil ingresar. No hay muchos resquicios. No se planea eso, pasa nomás. Una extraña dinámica que nos tiene atrapados.

Algo en el paisaje va cambiando. Poco pasa, el ancho del Paraná es tal, que no se ve mucho de lo que sucede en las orillas. A veces el barco se acerca a una de ellas y es posible ver trazos de actividad.

Pasan barcos cargados, la mayoría de granos, soja.

Pere, el gran inventor de frases, dice: “Es que aquí no pasa nada, y cuando pasa, se le saluda”. Vuelven las carcajadas.

La risa en el barco es así, a mandíbula batiente. Todo cuanto puede pasar: escasez de agua, malhumores, disgustos, lo que sea pasa enseguida. La risa, todo el tiempo, va allanando crispaciones.

Y hasta nos hemos puesto a cantar. Oscar y Jorge nos guían en este mundo bastante desconocido.

En algún momento, ya no recuerdo cuándo, Oscar nos sienta en un sillón a algunos y nos hace repetir unos cuantos sonidos, a mi me suena a letanía. AESOOOOUUUSHNPRRRRRRR.

Camalote es la ópera que está componiendo y “ensayamos” en cubierta durante varias tardes.

“Vamos a entrar cantando a Asunción”, dice Oscar. No sería mala idea.

Ensayo en Cubierta

Ensayo en Cubierta

Nunca Goya

No bajaremos en Goya. La hemos perdido. Los que deben bajar irán en lancha y los que deben subir, lo mismo.

Tenemos horas navegación encima, tendremos otras tantas más hasta llegar a Barranqueras.

Navegando hacia Goya III (disgresión)

Las puestas de sol. Todos sabemos qué ocurre a la hora del ocaso. Sin embargo,  todos miramos la línea del horizonte que se enciende.

Todos, absolutamente todos, toman fotografías para registrar algo que sucede hace millones de años.

Pero nunca es la misma puesta de sol. Ahora, por ejemplo, hay un barco en el cual voy y que lentamente se aproxima a algún punto. Aunque no parezca. Depende de donde se fije la mirada, ésta queda ciega. Un pequeño castigo por robar minutos de un espectáculo ajeno que no deja de suceder.

Navegando hacia Goya II

Hemos vuelto a navegar. Lo cual es un decir, no avanzamos ni medio milímetro. Hay que parar de nuevo. Amarras. Un árbol en la orilla y listo. Víctor, uno de los marineros (aunque el Paraná sólo sea un pariente del mar), va raudo, y enlaza el consabido árbol.

Es el cumpleaños de Emi, hay torta, se le canta los felicescumpleaños en todos los idiomas que el barco guarda.

Llueve con rabia y de costadito. Dos camarotes están pasados por agua: el de Julia y el de Gabriela. Voy a controlar el mío (que comparto con Claudia desde que salimos de Paraná), no pasa nada, todo bajo control. El pasillo por el cual se va a los camarotes recibe lluvia como loco. El agua, horizontal.

A la noche, en la bautizada “narcosala” (es un Salón de Convenciones, pero, al parecer, algo se derramó allí y el olor hace que todos salgamos medio droguis), a la cual hay que bajar como si fuera un sótano, se prepara la presentación de Francisco, Edelstein y Fander.

Allí vamos. Nos ponen a todos sentaditos en bancos, amuchados abajo del sonido (que sale desde arriba y apunta a una especie de pista de baile setentera).

Experiencia de sonidos y de músicas otras.

Francisco y Oscar E. (para mí Óscar, no Oscár) cuentan de sus proyectos: el uno está grabado los sonidos que el barco late y el otro está componiendo en su camarote la gran opera Camalote (salió en versito, perdón).

Fander toca, entre otras, la canción que compuso abordo. La canción funge de mascarón de proa, jugando con la idea de Coco, de buscarle mascarón al barco. Aquí, el estribillo:

“Tengo un son chamarritero que cobija la ilusión / de que lo arranquen del sueño y lo planten de mascarón / de un barco hecho del deseo de quien lo vino a abordar / yendo a buscar qué, quién sabe / subiendo el río hacia atrás / subiendo el río / subiendo el río hacia atrás / subiendo el Paraná”

Para terminar Fander llama a Mito. Escucho Cielito marangatú, esa canción que forma parte de la banda de sonido de mi propia infancia, joder, qué raro escucharla después de tantos años. La voz cascadita de Mito, ese registro casi inaudible, la hace todavía más hermosa.

Aplausos varios para los tres músicos.

Sigue la lluvia, sigue que sigue. En mi cabeza resuenan la melodía de Cielito y aquello de subir el río hacia atrás.

El agua no permite la noche en cubierta, como tantas otras. Nos quedamos en la sala del restaurant para que Emi reciba más felizcumpleaños. Agatha baja de su camarote, un poco temerosa por la lluvia y se acuesta en uno de los sofás. Me acompaña en el consabido “Felicidadesenestedíaquetudestinotebrindesiemprefelicidadessssss” y vienen las palmadas varias.

Navegando hacia Goya I

El cielo muestra trazos de vendaval. El capitán ha decidido echar amarras. Pere, el dueño de las frases ingeniosas, exclama: “El Capitán ha elegido este lugar para morir”. Yo recuerdo aquel boliviano que, en el bus que me llevaba desde Villazón a La Paz (en Bolivia, claro), y ante la posibilidad de no salir ilesos a propósito de una rueda pinchada, rota, o lo que sea, también exclamó: “A este paso, todos vamos a morir”. Sentada en el asiento número veintitantos, recuerdo haber esbozado una sonrisa que compartí con mi compañero de viaje.
Ante la frase de Pere, hoy la cosa va de carcajada.
Agregamos con Pere el gran imaginario caníbal que llevamos atesorado. Hablamos de posibles conversiones, dada la zona que estamos transitanto.
Me imagino esto: Nos perdemos a causa del vendaval, luego ya no nos encuentran, sólo se salvan unas imágenes del Canal Encuentro en las que se pueden ver ciertas escenas antropofágicas (una especie de Event Horizon fluvial). No paro de reír.