Formosa / Fronteras / Límites

Formosa. Se llega. El calor se había anunciado ya, ahora cae feroz, sobre nosotros.

En un momento nos sentamos en un parque a orillas del río. Del otro lado, Alberdi. Allí, tan cerca, otro país.

La frontera, ese territorio en el cual no existe límite, sino una permeabilidad contaminante, en el mejor sentido.

Recuerdo ahora todas las veces que tuve que cruzar Clorinda-Falcón o al revés. Todas las veces que, ahora, debo cruzar el Paraná (Encarnación-Posadas). Es en estas ocasiones que sí se nota el límite, aunque en verdad no exista. La putada de las naciones es esa, que le exigen a uno tener documentos, pasaportes (pasa-portes), salvoconductos. Es al revés que en las películas: tratan a la gente como culpable hasta que pruebe su inocencia. Ser paraguaya allí es un karma; de por sí la desconfianza es mayor.

Los niños y niñas de Alberdi cruzan a Formosa para ir a la escuela y al hospital, muchos de ellos tienen doble nacionalidad. Los contribuyentes argentinos pagan por estos niños y niñas, además de pagar por los propios. Esa generosidad se me muestra extraña cuando recuerdo lo que figura al dorso de mi título de grado obtenido en la capital porteña: “Este título no es válido dentro del territorio de la República Argentina”, por el sólo hecho de no pertenecer.

Pilar

Las predicciones para llegar a Pilar antes del mediodía estuvieron bastante erradas. Así que se improvisó un tentempié para poder seguir.

Llegamos a Pilar ya a la tarde; al igual que nosotros allí estaban desde tempranas horas esperando que el barco llegara. Marcos y Paula nos saludaban desde el puerto.

Humaitá por tierra también se había perdido. Y el almuerzo, que se convirtió en espectacular merencena con mbeju, chipa, cocido, ere eréa.

En la plaza de Pilar, enfrente al Cabildo (estampa patria, si las hay), estaban esperándonos chicas y muchachos disfrazados de paraguayitos. Estas mismas imágenes las habíamos visto en el país vecino, pero ahora no suscitaba vergüenza ajena en los argentinos, extrañamente, al ser otro el país que reproducía esa especie de folclore nacionalista y anochecido, la mirada pasaba a ser condescendiente. A mí me empezó a picar la piel, digamos, como me pasa siempre en estos actos. No queriendo tampoco mostrar la cara que muestro en estos casos, me fui yendo. Escuché las arpas y luego recorrí una plaza, de esas que todavía hay por acá, con enmarañada y poco controlada vegetación. Eso es impresionante. Detesto las plazas ordenaditas, podaditas. Me gusta que la vegetación enloquezca.

Luego de discursos y más danzas con botellas y sin botellas, fuimos a la fábrica. Con visita guiada y todo nos llevaron por todos los lugares en  los que se llevan a cabo los muchos pasos por los que pasa el algodón.

Trabajadores hombres y mujeres, sin la debida protección es lo que saltaba a la vista. Algunos, alérgicos, nos tuvimos que cubrir para no respirar esa especie de nube de algodón en la cual estábamos metidos.

El ruido, impresionante, casi nadie contaba con protección para los oídos.

Pregunté por las medidas que tomaban para esto, a lo que respondieron lo de siempre: “Se les da todo cuando entran a trabajar, no quieren usar nada”. Como si la fábrica les diera a los trabajadores esa opción, no debería haber esa opción y punto. Se usa la protección o nada. Estaba enojada.

Luego sería ya la partida, ya de noche.

Ignacio y Emi –que no nos acompañaron en el periplo- habían ido en búsqueda de pescado; nos esperaba, al día siguiente, un ceviche espectacular.

Plaza de Pilar

Río Rojo

Hemos pasado el Bermejo. El río arroja manchas cuyo color le da el nombre al río.

Ha pasado todo cuanto podía pasar. Hemos derribado tormentas, pero no pudimos contra los maderos que arroja este río rojo (literalmente). Nos hemos quedado quietos, de nuevo. Un tronco se ha metido donde no debía.

Manchas del Bermejo en el Río Paraguay

Confluencia y Humaitá

Hay un delay en el cual estamos metidos. En primer lugar, este andar tan lento y en segundo, la no llegada a ciertos puertos. Ha querido este delay que no veamos Confluencia (el lugar del río en el que el Paraná hace una curva y en donde ingresamos al río Paraguay).

Fueron Mariano, que filma el río junto a Soledad, los que han llegado más temprano y han visto el evento (un evento sólo para nosotros).

Bajan la bandera argentina. La tripulación está feliz. Estamos en casa, dicen.

Tampoco llegaremos a ver Humaitá. Ese monumento paraguayo que más que monumento es cicatriz. Algo curioso que el monumento que es representación de una nación entera sea una ruina.

Tenía obsesión por ver Humaitá desde el río. Pero tenía que dormir. Así que, ya sola en el camarote desde anoche, me puse el despertador cada cierto tiempo.

Estaba oscuro, cada vez que salía a mirar, ninguna luz, nada. No Humaitá.

Tengo obsesión por ese monumento que más bien es una cicatriz. Una iglesia ubicada al sur, bastión durante la Guerra de la Triple Alianza, una ruina. Yo me pregunto siempre: ¿por qué una ruina se identifica con un monumento “nacional”? Una ruina, un resto, el saldo; la cicatriz que marca una pérdida.

Humaitá - Postal de la Colección de Milda Rivarola

Humaitá - Postal de la Colección de Milda Rivarola

Partida de Corrientes – Medianoche

La partida de Corrientes se hace sentir. Nos despedimos de Félix, Claudia y Fander, además de los que hicieron tramos más cortos.

Las caras están cansadas. Las pequeñas crisis empiezan a ser visibles.

Un barco lleno de gente nos saluda antes de partir.

Santa Ana, Corrientes

De nuevo, hay un aire aquí que es conocido. Los capiteles de madera, las casas en galería, una cierta cadencia en el hablar y en el andar. Una locomotora olvidada, las calles de tierra.

Tierra

Corrientes tiene ese aire conocido para los que venimos de Paraguay. La arquitectura, la manera de hablar. Estamos ya como en casa.

La mañana vendrá con visitas a museos, luego charlas, luego encuentros.

La noche nos esperará en Barranqueras. Cruzamos el puente hasta Resistencia y de allí a un centro cultural en el cual se desarrolla la muestra sobre Horacio Quiroga.

Además de la muestra, hay música. Seba Ibarra, Coqui Ortíz y, por supuesto, Jorge Fandermole. Esta es la noche en la que Martín, en su discurso, cita: “Estamos en éxtasis” y así es.

A la salida de la muestra, Oscar, antes de tomar un taxi exclama: Fander es Gardel.

Eugenio tiene bajo la manga a Niní Flores. Dará “flor de concierto” en un lugar de empanadas. Mariana recibirá su cumpleaños con tremenda serenata.

La guerra de los módems

El barco alcanza una velocidad que no suele superar los 6 km por hora. Es verdad y a la vez increíble. Para algunos de nosotros ha pasado a ser perfecto. Sobre todo para aquellos que hemos subido al barco en Rosario. Los que han subido después quedan desconcertados. Pienso, de nuevo, en esta lentitud. Es la lentitud la que disloca el tiempo.

La comunicación con el mundo es un problema. Hemos encontrado varias estrategias en este mundo paralelo. Yo he decidido levantarme muy temprano para ver amaneceres y además, probar, todos los días aunque sea por escasos minutos, si es que el módem o el celular levantan algún tipo de conexión. Las más de las veces, nada. Estar en el medio del río es así. Te deja allí y hay que vérselas.

A la mañana no faltan los que registran el paso del tiempo filmando o fotografiando los cambios de luz.

Una vez que hubo clareado empiezan a transitar más expedicionarios. Ya no hay soledad posible. Ni bien ven a alguien tratando de conectarse, no tarda la pregunta “¿Hay conexión?”.

El momento en el cual mejor se ilustra la pequeña obsesión por la comunicación es cuando se corre la voz de que hay señal en algún trayecto. Todo el mundo sube a cubierta e intenta incautar uno de los ocho módems disponibles. Somos casi 50, la incautación muchas veces termina en fracaso.

Sospechamos que algunos expedicionarios juegan sucio y tienen módems incautados hace días. No tenemos muchas pistas pero existen intuiciones