Una comida en una casa

Ignacio, su padre y Emi nos recibieron de lo mejor en una casa en san Bernardino, era bueno no estar en ningún restorán. Cerveza artesanal (que no es lo que me gusta, pero la gente la probó y dio su visto bueno), vinos, picadas, una sopa paraguaya como pocas y asado.

Hace mucho no lo hacía, estaba frita, y me tiré a dormir unos minutos en el pasto. Qué placer. Hay que retomar esas costumbres. Dormir en el pasto es una de ellas.

Luego un café en el Hotel del Lago y ya la vuelta.

En San Lorenzo, el infaltable Museo Boggiani. Doña Mari siempre muy cordial y amable nos atendió y nos abrió el museo y la tienda (que es otro museo impresionante de cultura viva). Los expedicionarios, aunque cansados, no tenían ojos ya para lo que veían. Había fascinación y eso es reconfortante.

Quería invitarles a todos los que pudieran a Areguá, pero la vuelta ha sido dura. Un extraño mazazo en el centro del cuerpo. Algo hay adentro que no logra reacomodarse en esta vuelta. Suspendí la cena que estaba planificando, con el dolor del alma.

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Yaguarón / Itá

La mañana comenzó a las corridas. La cama quieta y el sueño movedizo retrasaron mi despertar. Eso y que la alarma de mi autito de una docena de años no quisiera desconectarse, hicieron que me apurara. Se mueve el mundo acá abajo, demasiado rápido.

Llego al Hotel Guaraní –no sólo a mí se me mueve el mundo demasiado velozmente- y muchas de las personas todavía no estaban listas.

Subimos al micro –cuyo chofer es un argel de novela- y partimos hacia Yaguarón, cita obligada.

Llegamos rapidísimo, flameando casi. Esto, luego del barco, es una especie de carrera de fórmula uno.

Siempre Yaguarón fascina, y no es para menos. Me desubicó un poco esa especie de espectáculo de luz y sonido que nos prepararon. No es necesario ese tipo de efectos cuando un hecho de estas características sobrevive en el tiempo, brilla con su propia luz y logra incautar nuestras miradas sin nada más, sólo se trata de poner los ojos allí.

Después de Yaguarón, tomamos la ruta de vuelta hacia Itá, donde en la Compañía Caaguazú, Juana Marta Rodas y Julia Isídrez nos esperaban. Seducidos por las manos de Julia, y esa sonrisa tan suya que se esboza como un gesto mínimo, los ojos fueron pasando de la casa, al patio, al horno, a esas manos que crean del barro. Me detengo a mirar sobre todo las sonrisas y los ojos iluminados de los expedicionarios. Sole y Daniel G. mirando con ojos brillosos, lindos.

Durante la travesía tuve que trabajar en un texto que ya estaba esbozado. Un texto que habla de la cerámica de Itá y Tobatí.

Estas son mis Palabras para Julia (lo copio aquí):

Palabras para Julia

Desde su otro ser contemporáneo, Julia, junto con su madre Juana, instala en el mundo su gesto feroz. Aquél gesto que han venido repitiendo todas las mujeres de las cuales ella desciende. Un gesto de las manos que rodea el vacío y al mismo tiempo lo resguarda con la forma que su mano elige. Esta mujer ha sabido reformular sus propias formas desde el fondo de su historia. En el gesto potente de su mano, Julia aparta de ella la visión folklorista y romántica que le endilga la historia y se yergue al lado de los seres que ha creado.

Asunción

Llegar fue una avalancha de cosas por cumplir. Con Myriam habíamos delineado una agenda y debíamos correr.

Se juntaron todas las cosas que había que bajar del barco y cargarlas en un móvil que las llevaría al Juan de Salazar. Juntamos todos los libros de la biblioteca, devolvimos los que eran sólo para consulta: ver la biblioteca vacía fue un principio de realidad, bajábamos del barco, ya para no embarcar de nuevo.

A mí no me dio para ir a casa. Guardé la valija y mochila en la habitación de Mariana, en el Hotel Guaraní. Allí por unos minutos pude sentarme.

Cuando bajé ya esperaba el ómnibus que nos llevaría al Palacio de Justicia. Fuimos sólo unos pocos. La visita a los Archivos del Terror  impresionante como siempre. Ver esos papeles resulta un trompazo en el medio de la cara.

Cita obligada: San Roque, cómo no ir al San Roque. Me viene el recuerdo de las idas con mi abuelo a comer allí, al lado de la cocina, en esos platos verde lechoso que se usaban en aquellas épocas.

Y bueno, claro, ya luego sería el Museo del Barro, que me dejó ronca (la visita me tocó hacerla a mí). En el medio de la visita y como ya venía anunciándose, las primeras despedidas. Eugenio apareció con un yacaré aché para Pablo A. que debía tomar su avión en pocos minutos.

La visita siguió y ¡Gabriela me aprobó! Pulgar para arriba, ¡qué emoción!

Quedaron todos locos con el almacén y Estela tuvo que pedir ayuda para envolver los peces aché, las cerámicas y un largo etcétera. Mariano y Sole iban cargados hasta la maceta. Y Martín y Cecilia pescaron un peixe feroz (que según dicen ahora está en la sala).

El Juan de Salazar nos esperaba ya para la gran reunión. Una gran ronda se había montado en la Biblioteca donde cada uno de los expedicionarios pudo hablar de sus proyectos y de cómo la experiencia los había moldeado, cambiado, reconfigurado o no.

En el auditorio estaba Francisco esperándonos para hacernos una demostración más acorde que la del barco, de lo que hace con los sonidos.

Luego de eso, más que muertos, pudimos dormir. La primera noche en cama quieta (aunque uno adentro, no sintiera esa quietud).

Los papeles, las despedidas

Todos apostados en el salón restaurant del barco. Valijas, sombreros, bolsas, bolsitas, bolsones, un quilombo mal. Algunos, como yo, muertos de sueño, otros sin entender nada de qué estaba pasando. Eso sí, era todo muy raro.

De vuelta a hacer los papeles. En la cajita, los documentos iban pasando por las manos y los ojos del personal de migraciones. Nosotros, a la espera.

Aún más a la espera estaban los tripulantes del barco. Emocionados de volver, cansados ya.

Coco ideó, con buenísimo tino, una especie de certificado para la tripulación. Hecho a mano, con su taller portátil, cada uno llevaba su nombre y el pie-pez de Parana Ra’anga que fue quedando en varios de los puertos casi como un esténcil.

Cada uno de los y las personas que conformaron la tripulación fue pasando a recibir tu diploma, cada una de esas personas fue ovacionada. Ellos y ellas nos acompañaron, hicieron del viaje algo más real.

Ya casi al final, Luis, uno de los mozos del restaurant con el cual teníamos ya cierta confianza, me dijo:

-Lia, engordaste vos en el barco, eh.

-Y sí Luis, si nos dan de comer como no sé qué.

-No te vayas na a poner más ese vestido del otro día, si pa. Parecés un tonelcito.

Era un vestido que me había puesto la noche que salimos de Corrientes, hacía calor y era especial para la ocasión, uno de esos vestidos mexicanos de algodón, suelto, cómodo.

Ese “parecés un tonelcito” fue casi una demostración de cariño.

Extraña sensación, che - Foto de Gabriela Siracusano

Hacia Asunción

Rico ceviche de boga y brindis en cubierta. Rico ceviche, che, diríamos todos relamidos. Ignacio y Emi habían comprado la boga en Pilar y la habían hecho a la mañana.

Luego asadacho jefe, como diríamos algunos. Un domingo anterior habíamos avistado la parrilla que tenía la tripulación y que se estaba usando para el asado que no comeríamos nosotros. Así que Pablo A., armado con sus mejores armas para convencer, lo hizo para que tuviéramos nuestro asado también.

Íbamos a llegar tempranísimo a Asunción, así que por esas cosas que no se comprenden, por primera vez el barco tuvo que atrasar su llegada. Teníamos que llegar a la mañana, cuando el equipo de tierra de Canal Encuentro pudiera filmar algo.

El día transcurrió. Siguieron charlas, como siempre. Había sí una mezcla de emociones. Cosa rara.

Quería ver la llegada a Asunción. Como siempre fuimos a cubierta después de la cena. Ya se notaba la llegada a sectores más urbanizados, el olor delataba la ciudad.

El gin tonic corrió de la mano de Facundo y Eugenio.

A lo lejos el Cerro Lambaré. Quedamos allí esperando el amanecer. Se adivinaban siluetas.

Yo todavía tenía que hacer mi valija, ordenar cosas. Ya me temía que no dormiría nada, dormí casi nada. Salí de mi camarote cuando se podía ver algo.

Ya algunos, los de siempre, estaban arriba. Fuimos viendo la llegada a Asunción. Los molinos, Ita Pyta Punta (no la veía desde el río hace no sé cuánto tiempo), la bahía, el puerto. Allí la sorpresa: Claudia y Félix esperándonos. Ana saludaba desde el muelle, corría.

Cerro Lambaré

Ita Pyta Punta

Puerto de Asunción

Documentos

Cuando salimos de Formosa, debemos hacer migraciones. Recién en Asunción deberemos hacer la entrada al Paraguay (en Pilar, fue solo una escala). Lo que dure el tramo estaremos en ningún lado.

Pasaremos la noche sin asentamiento en país alguno: Ya se prefigura un nuevo país, el que conformamos en ese tramo. Algunos ya lo llamen el Paranara’angaland, con Pere hemos pensado una moneda, le pedí que fuera plegable; él ya le dotó de nombre: el Convivio.

Los chistes al respecto de este no-país esconden pequeñas críticas a esos límites que en realidad son fronteras permeables y poco definidas. Esos niños que cruzan desde Alberdi a Formosa para ir a la escuela ¿sabrán de límites? Límites, ¿qué límites?