Los papeles, las despedidas

Todos apostados en el salón restaurant del barco. Valijas, sombreros, bolsas, bolsitas, bolsones, un quilombo mal. Algunos, como yo, muertos de sueño, otros sin entender nada de qué estaba pasando. Eso sí, era todo muy raro.

De vuelta a hacer los papeles. En la cajita, los documentos iban pasando por las manos y los ojos del personal de migraciones. Nosotros, a la espera.

Aún más a la espera estaban los tripulantes del barco. Emocionados de volver, cansados ya.

Coco ideó, con buenísimo tino, una especie de certificado para la tripulación. Hecho a mano, con su taller portátil, cada uno llevaba su nombre y el pie-pez de Parana Ra’anga que fue quedando en varios de los puertos casi como un esténcil.

Cada uno de los y las personas que conformaron la tripulación fue pasando a recibir tu diploma, cada una de esas personas fue ovacionada. Ellos y ellas nos acompañaron, hicieron del viaje algo más real.

Ya casi al final, Luis, uno de los mozos del restaurant con el cual teníamos ya cierta confianza, me dijo:

-Lia, engordaste vos en el barco, eh.

-Y sí Luis, si nos dan de comer como no sé qué.

-No te vayas na a poner más ese vestido del otro día, si pa. Parecés un tonelcito.

Era un vestido que me había puesto la noche que salimos de Corrientes, hacía calor y era especial para la ocasión, uno de esos vestidos mexicanos de algodón, suelto, cómodo.

Ese “parecés un tonelcito” fue casi una demostración de cariño.

Extraña sensación, che - Foto de Gabriela Siracusano

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