Asunción

Llegar fue una avalancha de cosas por cumplir. Con Myriam habíamos delineado una agenda y debíamos correr.

Se juntaron todas las cosas que había que bajar del barco y cargarlas en un móvil que las llevaría al Juan de Salazar. Juntamos todos los libros de la biblioteca, devolvimos los que eran sólo para consulta: ver la biblioteca vacía fue un principio de realidad, bajábamos del barco, ya para no embarcar de nuevo.

A mí no me dio para ir a casa. Guardé la valija y mochila en la habitación de Mariana, en el Hotel Guaraní. Allí por unos minutos pude sentarme.

Cuando bajé ya esperaba el ómnibus que nos llevaría al Palacio de Justicia. Fuimos sólo unos pocos. La visita a los Archivos del Terror  impresionante como siempre. Ver esos papeles resulta un trompazo en el medio de la cara.

Cita obligada: San Roque, cómo no ir al San Roque. Me viene el recuerdo de las idas con mi abuelo a comer allí, al lado de la cocina, en esos platos verde lechoso que se usaban en aquellas épocas.

Y bueno, claro, ya luego sería el Museo del Barro, que me dejó ronca (la visita me tocó hacerla a mí). En el medio de la visita y como ya venía anunciándose, las primeras despedidas. Eugenio apareció con un yacaré aché para Pablo A. que debía tomar su avión en pocos minutos.

La visita siguió y ¡Gabriela me aprobó! Pulgar para arriba, ¡qué emoción!

Quedaron todos locos con el almacén y Estela tuvo que pedir ayuda para envolver los peces aché, las cerámicas y un largo etcétera. Mariano y Sole iban cargados hasta la maceta. Y Martín y Cecilia pescaron un peixe feroz (que según dicen ahora está en la sala).

El Juan de Salazar nos esperaba ya para la gran reunión. Una gran ronda se había montado en la Biblioteca donde cada uno de los expedicionarios pudo hablar de sus proyectos y de cómo la experiencia los había moldeado, cambiado, reconfigurado o no.

En el auditorio estaba Francisco esperándonos para hacernos una demostración más acorde que la del barco, de lo que hace con los sonidos.

Luego de eso, más que muertos, pudimos dormir. La primera noche en cama quieta (aunque uno adentro, no sintiera esa quietud).

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