LAVACABEZAS

No se sabe si es una vaca a la cual besas (con error ortográfico) o si realmente existe tal cosa como un lavacabezas. Si existe me gustaría aplicarlo en algunas cabezas. Avisen cualquier cosa.

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Y todo así, de golpe

En mi casa “salir de vacaciones” no era precisamente una costumbre. En mi casa, se viajaba pocas veces y sólo algunas era “de vacaciones”. Cuando mis amigos de colegio “salían de vacaciones”, al interior, al Brasil, al campo, a cualquier lado, a mi me tocaba rotar de amigos que por suerte no elegían el mismo periodo para vacacionar o en el peor de los casos jugar a las cartas en casa (con mi madre, que accedía a tales divertimentos para sacarme del sopor asunceno). En febrero de 1989 tuve un premio por tantas veces de “no salir de vacaciones”.

Me encontraba, como tantas tardes de mi vida infantil y adolescente, en la casa de los Ferreiro, mi segundo hogar por aquellos tiempos. Con Guille éramos compañeros de colegio y era también mi compañero de ideales (siempre los tuvimos, seguimos teniéndolos aunque un poco descreídos ahora), habíamos armado un gabinete de gobierno; yo no había todavía cumplido los 15. Con Laurel, compañera de juegos y travesuras, reteníamos nuestra infancia hasta sus límites. Mientras nuestras amigas se divertían maquillándose, nosotras todavía corríamos descalzas por el barrio, subiendo a los árboles e inventando juegos. Nos reíamos con Laurel, cómo nos reíamos. Y Olgui, siempre gravitando cerca, la enana (ahora la enana soy yo).

Había una reunión en esa casa, esa tarde. “Los del club” se reunían en ese momento para planificar algo, una regata, algo así (“el club” era un pequeño lugar donde los fanáticos de la vela tenían su lugar). Con Laurel, en la calle, sentadas en las gradas de la puerta principal, vimos de repente salir a uno de los asistentes como una exhalación diciendo: “Entren, se levantó la policía o algo así” (después supimos que se había levantado la Caballería).

Adolfo trataba de averiguar qué era lo que estaba pasando. Con Guille estábamos ansiosos: ¿qué pasaba?, no lo sabíamos con certeza.

Después de mucho tiempo, hablando con otra gente de la misma generación sobre esos sucesos, muchos contaban que ellos no tenían idea de nada en esos tiempos. No era nuestro caso. Guille había visto a su padre preso (entre tantas otras cosas). Yo recuerdo muy bien la vez que fuimos a Sao Paulo con mi padre para que José Carlos Rodríguez pudiera ver a sus hijos antes de irse a Europa con Milda Rivarola, exiliados ambos. Recuerdo la terminal (la del centro), Alide y Carlitos abrazados a Javier, el hermano de Jóse; yo tenía 10 años y no entendía todo al pie de la letra. Pero esa imagen me dio dolor de panza y eso era como entender.

También recuerdo que desde siempre mis manuales del colegio tenían la foto de Troner, como le decíamos con Laurel, al susodicho. Por supuesto que el primer gesto era dibujarle cuernitos, colmillos, sangre y hacerle la cara que realmente se merecía.

Recuerdo a mi abuelo materno, Chicho, y el partido Febrerista; recuerdo a Gato, su hermano. Y a mi padre, puteando en todos los colores posibles. Recuerdo las reuniones en las que uno jugaba con otros niños, pero siempre escuchándolos hablar de política a los grandes. Cómo no tener alguna idea de lo que pasaba. Recuerdo saber perfectamente la palabra dictadura.

Y con todo eso en la cabeza, estábamos Guille, Laurel, Olgui (que no sé bien qué recuerda) y yo, los habitantes más pequeños de esa casa cerca de Mburuvicha Roga. Recuerdo que “se fue la luz” pero Guille tenía pilas para la radio y pudimos escuchar el consabido anuncio. Se empezaron a escuchar los sonidos del golpe. Hacía calor, los mosquitos arreciaban, Guille golpeaba un martillo en la palma de la mano. Creo que buscábamos Radio Ñandutí, queríamos saber si estaba trasmitiendo.

Recuerdo que las líneas de teléfono funcionaban, hablamos con algunas personas. Flavia Laterza, por ejemplo, para comentarnos mutuamente el suceso.

Recuerdo los colchones, el semidormir lejos de las ventanas. La agitación en el corazón.

Supe, después, que a esas horas mi abuelo ya había tranquilamente echado su colchón al suelo, él tan acostumbrado a esos ruidos, y escuchaba la radio. Mi madre vio todo desde un piso elevado del edificio Curupayty. Supe de amigos que se toparon con los tanques, de amigos de mis padres que contaban anécdotas.

Esa mañana del 3, el silencio se notaba más que otras mañanas. A las “nenas” no nos dejaron ir a ver la ciudad, en primera instancia. Guille fue el primer adelantado que luego volvió con las noticias.

Luego Adolfo nos subió a todos en la caja de la camioneta y fuimos al Panteón, con una gran bandera febrerista que ondeaba sobre nosotros.

En el Panteón me abracé con Maricha Heisecke, que no paraba de decir: “Se acabó, se fue”. Se cantaba, se reía, en la plaza. Seguimos hasta el diario ABC (que en esos tiempos parecía ser otro diario, no el nefasto de hoy), y desde un balcón seguimos nosotros, cantando: “Qué lindo es, estamos todos juntos y Stroessner ya se fue”.

No volví a sentir así una emoción tan fuerte que tenga que ver con estas cosas.

El 20 de abril de 2008, sin embargo, se le pareció.