Las partículas elementales – Michel Houellebecq

“(…) Para el occidental contemporáneo, incluso cuando se encuentra bien, la idea de muerte constituye una especie de ruido de fondo que invade el cerebro cuando se desdibujan los proyectos y los deseos. Con la edad, la presencia del ruido aumenta; puede compararse a un zumbido sordo, a veces acompañado de un chirrido. En otras épocas el ruido de fondo lo constituía la espera del reino del Señor; hoy lo constituye la espera de la muerte. Así son las cosas.”

“Él sólo quería amar; al menos no pedía nada. Nada concreto. La vida, pensaba Michel, tenía que ser algo sencillo, algo que pudiera vivirse como un conjunto de pequeños ritos, indefinidamente repetidos. Ritos al fin y al cabo un poco estúpidos, pero en los que, en el fondo, se pudiera creer. Una vida sin apuestas y sin dramas. Pero la vida de los hombres no estaba organizada así. A veces salía, observaba a los adolescentes y los edificios. Una cosa era segura: nadie sabía ya cómo vivir.”

“En el fondo, se preguntaba Michel observando los movimientos del sol sobre las cortinas, ¿para qué servían los hombres? Puede que en épocas anteriores, cuando había muchos osos, la virilidad desempeñara un papel específico e insustituible; pero hacía siglos que los hombres, evidentemente, ya no servían para casi nada. A veces mataban el aburrimiento jugando partidos de tenis, cosa que era un mal menor; pero a veces les parecía útil hacer avanzar la historia, es decir, provocar revoluciones y guerras, esencialmente. Además del absurdo sufrimiento que causaban, las revoluciones y las guerras destruían lo mejor del pasado, obligando siempre a hacer tabla rasa para volver a edificar. Si no se inscribía en el curso regular de un avance progresivo, la evolución humana cobraba un cariz caótico, desestructurado, irregular y violento. Los hombres, con su amor por el riesgo y el juego, su grotesca vanidad, su irresponsabilidad, su violencia innata, eran directamente responsables de todo eso. Desde todos los puntos de vista, un mundo compuesto sólo de mujeres sería infinitamente superior; evolucionaría más despacio pero con regularidad, sin retrocesos ni nefastas reincriminaciones, hacia un estado de felicidad común.”

“De regreso en París vivieron momentos felices, semejantes a los anuncios de perfume (bajar juntos a la carrera las escaleras de Montmartre; o quedarse quietos y abrazados en el Pont des Arts, súbitamente iluminados por los proyectores de los bateaux-mouches que daban media vuelta). También vivieron esas medio peleas de domingo por la tarde, esos momentos de silencio en los que el cuerpo se encoge entre las sábanas, esas zonas de silencio y aburrimiento en las que se deshace la vida.”

Anagrama, Madrid, 2005.

Recomendación efusiva y reiterada de Javier Palma quien siempre me acercaba literatura más nueva de la que yo acostumbraba leer. Yo no quería leer nada que no tuviera más de no sé cuántos años. Javier me contagió la obsesión por M. H. durante un almuerzo en Tía Techa, cuando me contaba sobre la revolución genética, los corpúsculos de Krause y las infinitas posibilidades que el libro entreveía. Lo leí con un raro entusiasmo. La incorrección era hilarante. 

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