Antología poética – Jorge Enrique Adoum

Lamento y madrigal sobre Palmira

El polvo, el tiempo, áspera
y difícil soledad, desolado
mantel seco: aquí no hubo
nunca el caserío, la planta,
los dedos de la lluvia:
tierra rota
hasta la harina, paisaje ciego
que el viento cambia de lugar.

Rara vez en la deshabitada
sábana que huye, un cuerpo,
una pareja; nunca la moneda
o la cruz incomprensible
del descubridor, nunca la ruina
duradera de dios en el erial perdido;
ni lágrimas, ni espinas, ni vidrios
rotos para la pisada antigua
del aborigen, porque sólo destrozo,
sólo agria piel de arena,
sólo semanas y siglos que bajan
a Palmira por la delgada
cintura del aire, sólo aire.

Yo, que salí de mujer como del alba,
que ardí, que he muerto pocas veces
todavía y todavía espero por las cosas,
hoy vuelvo con la misma camisa
que tocaron los pechos de tantas despedidas,
vuelvo y te encuentro en tu liviana
muerte de materia, y me detengo,
no por duda en los pies, no de paso
a la ciudad: es por destino,
y traigo mi alma llena de tu páramo,
de escombros, de huesos cuyo nombre
reconozco y debo enterrar inútilmente:
sólo lamento y plural dolor el alma.

Porque en las visitas, en las fiestas
donde alguien agoniza, porque
en los restaurantes, en los diarios, en la gente
que habita casas y familias,
hay alguien que dice algo, hay un suceso
caído como un muerto tras la puerta,
sufro de noticias, de necesidades
puras, y no puedo más, no puedo
despegarme de fantasmas que corren
buscando domicilios, no puedo
sino escuchar con el oído
apegado al alma.

Ah solitaria
abandonada por la voz, ah dejada
del duradero río, gran cementerio general:
frente a tu mar que esparce su esqueleto
lloro y digo, no rezo, no prometo, pero pienso
en los muertos a escondidas de mí,
en la alta gavilla de los seres que a la tierra
volvieron por la terca hipotenusa.

Si a tu orilla general, si
a la ceniza de tu edad incierta,
si a tu aventura de obstinado
duelo, como el animal de nuestra tribu
triste, yo fuera con mis uñas
a escarbar la última arcilla
que busca mi vasija, fuera
el arenero que te aclama.

Yo te amo, distancia y resistencia, amo
el cristal vencido de tu oscura
substancia donde no encuentro golpeada
a la familia, no encuentro la multitud
que alguien azota, ni las habitaciones
ni las piedras de las habitaciones,
y aun así, aun debiendo con los labios
ir a tocar la frutal ternura
de mi ciudad, de mi escuela y sus tinteros
derramados, yo vengo aquí primero,
y aun aquí está la patria,
su cuerpo torrencial o el granizo
violento que a veces me golpeaba
el corazón.
Baldía propiedad
de mi único territorio: acoge
estos trozos de ajenas desventuras
que también me pertenecen.

de Ecuador Amargo, 1949

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Resumen de la infancia

Ante todo, es preciso ordenar la infancia
como un país disperso, hallar las fechas
de su límite: la dulce iniciación
en la desobediencia, la cerradura
que por necesidad puse a mi alcoba
o la primera mujer que se guardó la noche
entre sus telas estériles, sus párpados.

Y descubrí de pronto que nadie compartía
mis costumbres: la muerte había entrado
antiguamente al patio, a la bodega,
y yo crecía sobre un osario familiar.
No sé por qué, porque sí, por pura
gana, cambié las órdenes para la cena,
el sitio de los adornos, el precio
de las plumas; odié el muro
que cercaba la viña y el camino de orina
a los establos. Y ya no pude vivir más,
no podía establecer mi edad, mi oficio,
destruir la seguridad de cada día
o levantar los párpados hacia la luz
de afuera: un hombre pasaba sin llorar
bajo la lluvia, las aldeanas
completaban su cuerpo entre la hierba,
pero debía conservar la herencia intacta,
conocer los secretos del ganado,
calcular la distancia entre mi seca
seguridad y la aventura.

Así empecé
a soñar solamente con la llave,
con la bahía donde nadie hubiera
a despedirme, con migraciones de pájaros
azules. No era la pegajosa soledad
lo que buscaba sino una familia
diseminada en la distancia, una
hora de paz bajo los árboles, una hoja
sin odio entre mis manos.

de Notas del hijo pródigo, 1953

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No es nada, no temas, es solamente América

Cuando supe
(porque yo soy así, aquel que se levanta
a golpes, se desentierra, se pone el cuerpo
que dejó en la silla, la esperanza que ya no
le servía sino como una mala dentadura,
y sale, más bien se saca, para ver cómo han ido
los días de allá afuera, cómo sigue la insolente
estatua de los dictadores, casco arriba y casco
abajo, animal de baraja, poniéndose mala
madre por su cuenta, mala hostia en el verano
enamorado, mala piedra en su rocío, su memoria,
solo para que tropiece el desterrado, caiga
apenas, a duras penas, crea que se equivoca,
que no tiene razón en su raíz)
me desperté
asustado. En dónde estoy, grité, después
de tanto esfuerzo, hasta cuándo
es antes todavía, cómo me llamo
entonces, para qué me llamo.

(Porque todo
olía a siempre, a sufrimiento viejo, muerte
de ayer que no valió de nada, absurdo
en que han quedado restos de la telarañada
cena, y todavía, todavía hay que poner
la mesa, camareros, perezosos profetas
consuetudinarios, ponerle voluntad al pan,
servir el desayuno de los pobres, sin tanto
regresar a hoy, error de fecha, digo,
y tantos siglos sin lavar la servilleta.)

Y no pude seguir desaprendiendo a pura
historia, y no pude apretarle el cinturón
al corazón para que aguante. Mejor nos fuimos,
prójimo y yo, a rehacer lo roto, los vestidos,
a preparar las vísperas.
Aún no he vuelto
y no sé cuándo volveré a morir: no tengo tiempo.

de Yo me fui con tu nombre por la tierra, 1964.

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It was the lark, bichito, no nightingale*

No es fácil injertarse en ti, ísima mía.
Me doy cuenta de que fue risa y no tos
lo que te dije, y debo despensar las cosas
que puse en tu silencio, y salir de tus bocas de
y dejarte, mitad sola, gastada por mis vellos.
Es el día consuetudinario, conozco su censura.
Se diría que el agua usada del llanto desbordara
de anteojos, baúles, bodegas, por mi culpa,
que todas las guerras que pacen amarradas
se fueran galopando a comer, solo porque
me olvidé de sufrir anoche, y fuera el centinela,
o me hubiera ido a volver, descuidando la tierra.

No es fácil ser feliz: primero, no nos dejan
y, quién sabe, será también la falta de costumbre
o tal vez haya que aprender, pero cómo, desterrado.

Metí amor en esa habitación de cejijunto,
en esta sólida soledad que debo hacer a un lado
pues no cabemos ya los dos al mismo tiempo,
mas parece que hubiera que aguantar toda la vida,
hacer cola en el mundo, esperar que los demás
pasen primero a casarse o comer o a sus negocios,
para empezar a vivir sin sentirse culpable,
conmutándome a tu lado la pena de durar.

* “It was de lark, the herald of the morn, no nightingale” de la escena quinta del acto tercero de Romeo y Julieta, de Shakespeare.

de Curriculum Mortis, 1968

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La visita
(Capítulo de novela)

Llamo a la puerta.
-Quién es, pregunto.
-Yo, contesto.
-Adelante, digo.
Yo entro.
Me veo al que fui hace tiempo.
Me espera el que soy ahora.
No sé cuál de los dos está más viejo.

de Curriculum Mortis, 1968

Del libro Antología poética, Visor, Madrid, 1998.

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En 1999 hubo un encuentro en Buenos Aires que se llamó Borges y yo (casi como Platero, el título no podía dejar de recordarme el comienzo de Juan Ramón Jiménez y me repetía en la cabeza “Borges es pequeño, peludo y suave”, me reía sola). A ese encuentro fueron invitadas varias personas, entre ellas, mi padre. Yo vivía en Buenos Aires y estaba ya decidida. Desde 1996 asistía al taller de Gabriela Yocco, Al filo de la palabra. Y ese taller me tenía al filo realmente, escribía tanto tanto. Ese taller fue el puntapié para decidir que trataría de escribir, cualquier cosa, pero que trataría.

A pesar del nombre del encuentro, acompañé a mi padre a varias de las ponencias. Acompañé a mi padre a desayunar cada mañana, en el hotel donde se hospedaba, y allí, sentado, una de esas mañanas junto a Luis Felipe Noé y Thiago de Mello, estaba Jorge Enrique Adoum. Allí, sentados entre tantos tipos que reían, él le regaló un libro a mi padre: Los amores fugaces.

Lo primero que leí de Adoum, sin embargo, fue esta Antología poética. Terminó de conquistarme con Entre Marx y una mujer desnuda. Cuando murió, a mí se me encogió un poco el pecho. Le había acumulado cariño a ese tipo que arrastraba las erres, con unos lentones redondos, como solo los lentes saben ser redondos, que había sido secretario de Neruda en su juventud y que la historia de la literatura latinoamericana le relega a un segundo lugar siempre. Adoum, con el Ecuador metido hasta el tuétano, me hizo siempre acordar al Paraguay. Dos países pequeños, invisibles.

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