Pero aquí estamos todavía

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En este andar clasificando papeles del padre, uno se encuentra con cosas, muchas cosas.

Voy a transcribir partes del discurso que diera Colombino cuando Olga Blinder recibiera el doctorado honoris causa de la UNA en 2006. Es perfecto para estos días, en los que la cultura en Paraguay ha vuelto a tomarse como en otros tiempos. Verlos a ambos, con esas sonrisas increíbles, nos recuerda que hubo y que hay gente que hace.

“Olga:

Hemos transitado un infierno que aún permanece. Aún nos llegan, caen apremiantes los pedazos que surgen de ese cráter feroz. Nos enredamos en sus tinieblas, una humareda cálida que anuncia el fragor de sus llamas.

Los pedazos sangrantes como brazas relucientes revientan a nuestro costado. Van sacudiendo sus cenizas, a veces se apagan con un chasquido al hundirse en el pantano.

Todo había sido planeado de antemano: dos siglos de opresión nos marcaron el sendero del cual no era posible escapar. Un mundo que parecía irreal se había incrustado en este lugar para moldear la costra despreciable de la que fue fabricado el sitio en el que vivimos: ni el coraje de su gente indomable, ni la voluntad mineral de sus mujeres, pudieron contra los sátrapas que volvían cada vez más analfabeto a un pueblo y más idiotas a sí mismos.

En ese lugar nacimos, Olga, por acaso del destino, por las peripecias del azar. O del error, quizás. Pero aquí estamos todavía. Todavía estamos aquí.

Y no diré que no cometimos nosotros muchos errores, algunos mayúsculos. El de creer, por ejemplo, que era posible un mundo mejor: desgraciados los que tienen fe, los que cree, porque de ellos será el reino del fracaso.

En todos esos domingos que nos reuníamos en su casa, nos unía esa fe. ¡Qué pena que no fuéramos más descreídos o más cínicos! Por lo menos no habríamos sentido tanto dolor (…)

La historia que se nos vino encima y esta generación alimentarán la depredación y la desgracia de este país. Nosotros no lo sabíamos; en la inocencia casi infantil que nos aquejaba, creíamos que nadie podría soportar treinta y cinco años de represión, pobreza y abandono. Pero esto fue lo que sucedió. En los meandros dejados por ese espacio de poder autoritario creamos muchas cosas. No las voy a nombrar. Todos lo saben. Y aunque no siempre estuvimos, usted y yo, de acuerdo en las formas y las estrategias, por encima de todo conservamos hasta hoy una gran amistad.

¿De qué sirvió todo esto? – solo para mirar el cielo, su profundidad infinita, y sabernos tan pequeños en esta aventura pasajera. Sabernos tan mínimos, fabricando nuestra eternidad en el polvo.

Muchas veces nos acercamos a la puerta de este manicomio para salir del espanto. Una vez me ayudó en mi deseo de tratar de ir a Cuba. pero se interpuso la invasión de la Bahía de Cochinos. La reunión fue suspendida y no pude ir pero fui a Helsinki. Al volver me apresaron en su casa de Teniente Fariña. A mí me tiraron en la peluquería y a su hermano Chuli lo mantuvieron parado en medio de una baldosa del piso del Departamento de Investigaciones, en ese patio atroz con olor a amoniaco y sangre.

Usted pintaba entonces esas formas desvanecidas, con el tema de las hojas, y de madres esfumadas. De pronto, el curso de grabado con Livio Abramo le llevó a esos blancos y negros de sus gritos, sus torturados, sus personajes angustiosos.

En esa época ya sabíamos de los salvajes métodos para obligar a los presos a la declaración, a la denuncia, a la traición.

Desde nuestro propio grupo de artistas se oían frases admonitorias.

O porque según ellos éramos comunistas, o porque suponían de izquierdas, que era lo mismo que nombrar al demonio (…).

Un mundo de denuncias y voces a medios tonos se escuchaban por doquier, con la mano que tapa la boca como ocultando los dientes.

Los únicos que soportaban su tolerancia, en honor a la amistad, eran Lilí del Mónico, Ramiro Domínguez, Adolfo Ferreiro, Josefina Plá, Ruiz Nestosa y otros. Los demás no tenían palabras para denigrarnos o para ubicarnos en la picota.

Cuando la echaron injustamente del Centro de Estudios Brasileños, nadie dijo nada. Usted que creía que solo la educación de los niños valía la pena abordar. (…)

Hemos pasado un largo tiempo de errores y horrores.

En ese tiempo se alternaba con otros grandes nombres de nuestro mundo cultural. Augusto Roa Bastos, Elvio Romero, Rubén Bareiro Saguier, Ramiro Domínguez y otros. Gracias a ellos uno podía respirar un aire menos denso que nos permitía ser más tolerantes. Porque nosotros no nos quedábamos atrás con los improperios y las venganzas. Sabíamos usar la lengua y la denostación.

Sabíamos que la desunión nos hacía más vulnerables, pero no encontrábamos otra forma para defendernos.

Si me referí a nuestra lucha y a nuestras miserias en este ámbito es quizá porque habíamos decidido quedarnos a vivir aquí, y eso arbitraba nuestro comportamiento. No diré que en medio de esa historia no nos divertíamos. Nos habíamos convertido en la otra faz de la misma moneda: éramos intolerantes con la mediocridad y la estupidez (…).

Por suerte no nos ahogamos en ello y supimos renacer de nuestras cenizas.

Cuando nos echaban de la universidad, podíamos fabricar nuestros espacios.

Usted que ahora, recibe el doctorado Honris Causa de la UNA. Es usted quien otorga el honor.

Hemos trabajado para dar el honor a un país que no es el sueño de nadie. Gracias a usted y a los muchos hombres y mujeres que trabajaron, lucharon y murieron en este aire, algo se mueve y se intuye la idea de un lugar que no existe, pero alguna vez, en un más allá del futuro quizá pueda llegar a ser.

Carlos Colombino”

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Un pensamiento en “Pero aquí estamos todavía

  1. Que bello y doloroso camino el que recorre Carlos en esas palabras para Olga.
    Es visceral, una mezcla de frustraciòn, desengaño y por último un atisbo de esperanza para un cambio que no se sabe donde ocurrira….pero que los une , ahora, en otro lugar…

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