El último tramo

Mi viejo no usaba computadoras. Las miraba con desconfianza. Yo supongo que ya le daba pereza aprender algo que le hubiese robado horas de trabajo. Pienso que le hubiera encantado manejar su propio Twitter (que un amigo suyo – Diego Brom- abrió y que mantenía con frases más o menos terribles), despotricar en un Blog o putear en el Facebook. Por suerte, para todos los que le rodeamos, no accedió a las redes sociales. Nos hubiera metido en muchos aprietos.

Todo esto para decir que desde que se dejó de lado la máquina de escribir, él escribía sus textos a mano y alguien: Regina Duarte, yo y, en los últimos tiempos Ricardo Flores copiábamos para luego enviarlos a algún diario o a alguien en particular, vía correo electrónico.

Tengo en mis correos, entre mis carpetas y nubes, textos que no sé qué son. A veces, cuando necesito espacio, los abro. Muchas veces son cartas institucionales que van a parar a la papelera. Pero otras veces me encuentro con textos del viejo. Y da tanto gusto. Es como si me llamara por teléfono.

No tengo el año de este que trascribo aquí. Mi computadora dice que lo subí en el año 2008 y lo modifiqué en el 2012. De todos modos, no sé si importa tanto.

El último tramo

No siempre se consigue lo que se pretende. Es casi el inútil deseo. La inevitable levedad de las cosas prohibidas, la forma del amor que no se cumple ni se verifica. Es apenas el aire suave que no habla por nosotros, algo que nos niega sin alarmas ni sorpresas. La sensible mudez.

Ahora, el último resplandor. Ese que todo lo apaga para dar inicio al vacío donde no existe la mirada ni la posibilidad de reflejarse en nadie porque el atrás se ha vuelto oscuro e insondable. Es, quizás, el infierno. O lo que se imaginó como infierno. ¿Estamos seguros de que no existirán las palabras? ¿O es también aquello que reposa intocado en el baúl de los tiempos? Posible señal en los avatares del camino. Aquel que sólo se recorre una vez y no permite retroceder para encontrar la salida, la puerta que nos libere, la que nos expulse del laberinto, la que, por fin, nos inunde de nada, en esa noche cuya profundidad remite al silencio. En ese tramo, hemos de sumirnos en el todo, otorgarnos al río que no puede regresar y que nunca será el mismo.

Carlos Colombino
Esteban Cabañas

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