Un gato negro y dos saquitos orientales

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Lotte Schulz – Acecho – Xilografía – 1967

No recuerdo cuándo fue que conocí a Lotte. Quizá haya formado parte de esa larga fila de personas que veía yo en las exposiciones y que desfilaban mirando cuadros, riéndose en ambientes distendidos, o en el patio de la Galería Artesanos, cuya última habitación guardaba obra del cielorraso al piso y que era uno de mis lugares favoritos en el mundo conocido.

No puedo precisar cuándo fue que uní cara con nombre. Conocía sí una obra de ella, pequeña, colgada al lado de los burritos azules de Edith Jiménez, en la cabecera de mi cama. Era un gato negro de ojos absolutamente abiertos.

Durante una gran parte de mi vida el sueño transcurrió bajo ese gato negro de Lotte. Dormía bajo esos ojos.

A veces, con la planta de los pies en la pared, el sueño no quería venir. Nos mirábamos largo rato con el gato negro de Lotte.

Imaginaba allí muchas cosas. Empezaba imaginando que en realidad no era ese un gato. Era, en el vértigo que ocurría a altas horas de la noche, un tren raudo con cara de gato negro que venía hacia mí a toda velocidad.

Lotte, con su gato negro, había despertado el insomnio de mi niñez y le había dotado de sentido. Un insomnio productivo: el no querer dormir porque todo en la casa estaba vivo, en todo habitaba una mano, un animal; en los cuadros, en los libros, ojos en todos lados, todo hacía ruido, todo hablaba, me hablaba. Como el gato, el negro, de Lotte, que como un tren descarrilado me llevaba lejos, al centro mismo de un laberinto que me instalaba un desafío y me ponía enfrente la decisión de recorrerlo o no.

Luego de muchos años, en charlas con la doña del gato negro, conocería la fuerza de su voz, lo implacable de su mirada. Esa fuerza que, como una flecha, se lanza con Lotte, es la que quisiera heredar. Me dejó, sin embargo, hace algunos años ya, dos saquitos orientales: uno rojo y otro azul. Me dijo en esa ocasión: “Querida, el último traje no tiene bolsillos”.

El gato y su vértigo, y dos sacos orientales. Ahora espero, alguna vez, llegar a rozar esa fuerza que la mantuvo tan entera.

Publicado en el Correo Semanal, Febrero, 2016.
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