Dos poemas de Régimen de Afectos, de Nara Mansur

Recuérdame (como el perfume, quiero decir)

Cada día que pasa es peor,
escaso el tiempo para excavar y lucir en la superficie
lo mejor de nosotros,
lo mejor mío también afuera -¡afuera!-
a la vista de todos.
¡Que se vaya, que se vayan!
Así y todo, me doy vuelta a veces, nadie me saca de la cama,
-nadie-
lo que tengo en la cabeza, el perfume de mi abuela,
nadie me saca de la cabeza esa idea como una piedra,
una mano abierta, mi corazón flechado por el amor,
nadie nadie nadie nadie nadie nadie nadie
me saca
mi tinta de zapatos, mi trapo, mi cepillo, mi arañazo
en la nariz.

Esto va a tardar unos días, unos mesese
(esto tiene fijador);
ponerle nombre
al dolor, al sentimiento, a lo que hace que el corazón
el pecho todo lo mueva -¡dentro y fuera!-
Que alguien tire la primera piedra.
Que alguien apunte al asesino esta vez.


II

Se mira al espejo todo el tiempo. Dice que se depila pero en realidad se mira a los ojos.
Mira si todavía los ojos la miran a ella.
La cara se le ha descompuesto y es ahora de una belleza que da miedo: los ojos más verdes y pegados a la piel, abiertos del tal forma
como si el ojo fuera capaz de instalarse ahí como alarido,
como grito de auxilio permanente.
“Me voy” -dice. Y hace el bolso.
Se mira en un espejo grande pero en una zona oscura de la casa y en otro portátil de aumento +5. Un día fui y me miré allí: es un horror permanente el de uno ahí, sobre todo la cara aumentada a tal magnitud. ¿Para ver qué cosas? ¿Para identificar cuál traición, cuál hueco abierto, cuál sin ojos, cuál mancha definitiva, cuál mujer moribunda, cuál herida que no cierra?
Cada vez que me acerco se levanta como un resorte de la cama para que no la vea tirada siempre -me digo: “tirada”, “resorte”, “cama”, “estar cerca las dos”-. Le digo: “Por qué no se levanta, por qué no camina un rato, por qué no le hace un cuento a la niña”.
Agazapada la boca que no come, la voz sin argumentos, el paseo de ida sin regreso al propio cuerpo, la vista sin ojos. ¿Puede haber algo más mutilador?
/ Por eso me mutilo / ¿por eso lo recuerdo? /
Por eso no hace nada, no da una opinión, no saca su espada de plata del escaparate. Nada. Comenzó su muerte y nos ha invitado a que la acompañemos. Una especie de bienvenida gravada con cierto desánimo. El testimonio de su adiós pasa por nuestra mirada. ¡Adiós! Hay que vivir esto: sólo quiere hacernos constar que las condiciones no son las mejores, que ella no está aquí, y sin embargo, nos sometemos con orgullo a acompañarla, los sueros y los rayos y la pelusa húmeda por los lagrimones.
No dice ver, no dice lo que uno necesitaría -una frase de alivio, una frase cualquiera que oyó de cualquiera o un insulto. No dice lo que ella necesita. Pero oye todo, mira todo, es el espectro de la vida que te abandona, de su propia miseria, de la nuestra también: superlativa miseria de una casa -nuestra miseria o nuestra enfermedad-, y así nos vamos enfermando todos, muriendo todos.
No dice “qué rico” ni “qué horrible” -como yo, que lo digo todo el tiempo, lo de horrible-;
Dice “no, nada”. Dice “no grites” o “por qué ella tiene que gritar”.
Dice “no, querida, no”.
Dice “estoy viendo todo nublado”.

“Chicos, por qué no me creen: va a venir la policía y se los va a llevar”.


Nara Mansur Cao nació en La Habana pero vive en Buenos Aires. Tiene una sonrisa completa y no se le ha ido el acento. Me dio su libro en el Festival de Poesía del Centro de la Cooperación en Buenos Aires del cual es secretaria (la guardiana del secreto). Me gustaron varios poemas del libro, aquí solo pongo dos, ambos guardan dentro de sí algo terrible, doloroso.

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