020

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Las baldosas de la casa de mi abuela sobre la calle Chile perduran. Perdura también en la memoria, Bodoque que este año se fue y que descansa en el jardín. Perdura el sueño que Meliá nos ayudó a inventar para … Sigue leyendo

Tu voto:

Sacarse del sistema

Empezó así: “Cada pueblo tiene el gobierno que se merece”. Continuó: “Ahora que se inunden”. A eso le siguieron las siguientes expresiones: “Son todos unos negros de mierda”, “Son unos gronchos que no se bañan y que se la pasan comiendo chorizo con vino”. Otra agregó: “Y encima les pagan por tener hijos”.

Esto me pasa por tratar de ir a hacer ejercicio. El médico lo recetó y lo detesto. Detesto hacer ejercicio, para mí es una tortura. No hay nada que me guste hacer y si por las dudas surge algo que me atraiga, mi horario no me lo permite, a veces también son los precios, claro. Y la vida me castiga por hacer algo en contra de mi voluntad profunda. Y me expone.

Hoy el profesor llegó tarde, como la primera vez que fui hace un tiempo atrás. Aquella vez, ellas hablaban de fantasmas. De los que veían en sus casas, de los que alguna vez encontraron por ahí. Quedé bastante impresionada por la naturalidad con la que enumeraban apariciones domésticas.

Hoy la que vio fantasmas fui yo. Eran estas mujeres, un par de ellas argentinas hablando de las elecciones del domingo, otro par locales. De sus cuerpos bronceados (que no negros, eh), y sus cabellos pintados (si hay canas que no se note, que nadie te diga vieja como vos decís negro de mierda) salían estas aseveraciones que yo pensé que ya nadie se atrevería a decir así, de esta forma. “Son todos negros de mierda”, y yo en el medio, viendo fantasmas. Pasmada. No dije nada, me pensé espiando, aunque no lo estaba haciendo, la cosa sucedía allí a plena vista. El pasmo me dejó hecha una estatua de sal.

En ese momento empecé a cantar en mi cabeza la canción del niño caníbal, esa que cantan Juan Quintero y Luna Monti:

“Yo soy un niño caníbal nadie me quiere a mi
no me quedan amiguitos por que ya me los comí,
por que ya me los comí.
No tengo padre ni madre, tampoco tengo hermanitos.

No tengo tíos ni tías tengo muy buen apetito.
Tengo muy buen apetito.
Nunca me río nunca juego, vivo alejado de la gente.
Ni abro la boca ni sonrío estoy mudando los dientes. (…)”

Quiero sacarme del sistema lo que escuché y me cuesta hacerlo. Quiero mudar los dientes y que me crezcan unos colmillos dantescos. Quiero asustar a los fantasmas.

 

Era sábado

  Llegará el martes que es la fecha que llega cada año, hace seis años, para recordar tu ausencia extraña. Pero hoy caigo en la cuenta de que fue un sábado 7 de septiembre el último día que hablé contigo. … Sigue leyendo

Tu voto:

019

Gracias a Irene Gruss, por el poema, a Marcos Benítez por la foto y a Memei, la gata que grabó mi sofá para siempre y que este año se fue.

Tu voto:

80

Es un número importante, pero no sé porqué. Suena importante. Ante el número, tu ausencia, que está llena de todo lo que construiste.

Tu voto:

77

De nena, creía que esta imagen me pertenecía. Le mostraba esta imagen a todo el mundo balbuceando que se trataba de mí.

En realidad la de la foto es quien hoy cumpliría 77.

Yo le extraño, eso es todo.

Cuatro

Cuatro son los puntos cardinales, aunque Huidobro dijera que son tres: el Sur y el Norte (ese libro me lo regalaste vos).

Hoy tuve que contar. Hace cuánto, dije, y tuve que contar con los dedos, porque los números nunca fueron lo mío. Sí, cuento con los dedos.

Preferiría el silencio. Que sea un día como otros, con la marca indeleble de tu ausencia.

Pero cuatro son los puntos cardinales y vos, una flecha disparada hacia cada uno de ellos. No hay silencio cuando en todas las direcciones encuentro una palabra que te pertenece.