Pilar

Las predicciones para llegar a Pilar antes del mediodía estuvieron bastante erradas. Así que se improvisó un tentempié para poder seguir.

Llegamos a Pilar ya a la tarde; al igual que nosotros allí estaban desde tempranas horas esperando que el barco llegara. Marcos y Paula nos saludaban desde el puerto.

Humaitá por tierra también se había perdido. Y el almuerzo, que se convirtió en espectacular merencena con mbeju, chipa, cocido, ere eréa.

En la plaza de Pilar, enfrente al Cabildo (estampa patria, si las hay), estaban esperándonos chicas y muchachos disfrazados de paraguayitos. Estas mismas imágenes las habíamos visto en el país vecino, pero ahora no suscitaba vergüenza ajena en los argentinos, extrañamente, al ser otro el país que reproducía esa especie de folclore nacionalista y anochecido, la mirada pasaba a ser condescendiente. A mí me empezó a picar la piel, digamos, como me pasa siempre en estos actos. No queriendo tampoco mostrar la cara que muestro en estos casos, me fui yendo. Escuché las arpas y luego recorrí una plaza, de esas que todavía hay por acá, con enmarañada y poco controlada vegetación. Eso es impresionante. Detesto las plazas ordenaditas, podaditas. Me gusta que la vegetación enloquezca.

Luego de discursos y más danzas con botellas y sin botellas, fuimos a la fábrica. Con visita guiada y todo nos llevaron por todos los lugares en  los que se llevan a cabo los muchos pasos por los que pasa el algodón.

Trabajadores hombres y mujeres, sin la debida protección es lo que saltaba a la vista. Algunos, alérgicos, nos tuvimos que cubrir para no respirar esa especie de nube de algodón en la cual estábamos metidos.

El ruido, impresionante, casi nadie contaba con protección para los oídos.

Pregunté por las medidas que tomaban para esto, a lo que respondieron lo de siempre: “Se les da todo cuando entran a trabajar, no quieren usar nada”. Como si la fábrica les diera a los trabajadores esa opción, no debería haber esa opción y punto. Se usa la protección o nada. Estaba enojada.

Luego sería ya la partida, ya de noche.

Ignacio y Emi –que no nos acompañaron en el periplo- habían ido en búsqueda de pescado; nos esperaba, al día siguiente, un ceviche espectacular.

Plaza de Pilar

Confluencia y Humaitá

Hay un delay en el cual estamos metidos. En primer lugar, este andar tan lento y en segundo, la no llegada a ciertos puertos. Ha querido este delay que no veamos Confluencia (el lugar del río en el que el Paraná hace una curva y en donde ingresamos al río Paraguay).

Fueron Mariano, que filma el río junto a Soledad, los que han llegado más temprano y han visto el evento (un evento sólo para nosotros).

Bajan la bandera argentina. La tripulación está feliz. Estamos en casa, dicen.

Tampoco llegaremos a ver Humaitá. Ese monumento paraguayo que más que monumento es cicatriz. Algo curioso que el monumento que es representación de una nación entera sea una ruina.

Tenía obsesión por ver Humaitá desde el río. Pero tenía que dormir. Así que, ya sola en el camarote desde anoche, me puse el despertador cada cierto tiempo.

Estaba oscuro, cada vez que salía a mirar, ninguna luz, nada. No Humaitá.

Tengo obsesión por ese monumento que más bien es una cicatriz. Una iglesia ubicada al sur, bastión durante la Guerra de la Triple Alianza, una ruina. Yo me pregunto siempre: ¿por qué una ruina se identifica con un monumento “nacional”? Una ruina, un resto, el saldo; la cicatriz que marca una pérdida.

Humaitá - Postal de la Colección de Milda Rivarola

Humaitá - Postal de la Colección de Milda Rivarola