La útlima cena

La cena en un restaurant de Trinidad fue extraña. Una mezcla de muchas cosas. Las mesas fueron distintas, algunas más serias. La mesa más grande fue la del desmadre, en el buen sentido. Las risas, los juegos (animados siempre por Mariano).

Ya luego, en el pequeño patio al cual fuimos todos, los brindis. Los agradecimientos, los últimos discursos. Y los abrazos, todos y cada uno de nosotros fuimos abrazados y abrazamos.

Para algunos el viaje seguía, se quedaban en Asunción o iban a recorrer más allá. Para algunos de nosotros, terminaba aquí, esta noche. Con una rara alegría.

Confluencia y Humaitá

Hay un delay en el cual estamos metidos. En primer lugar, este andar tan lento y en segundo, la no llegada a ciertos puertos. Ha querido este delay que no veamos Confluencia (el lugar del río en el que el Paraná hace una curva y en donde ingresamos al río Paraguay).

Fueron Mariano, que filma el río junto a Soledad, los que han llegado más temprano y han visto el evento (un evento sólo para nosotros).

Bajan la bandera argentina. La tripulación está feliz. Estamos en casa, dicen.

Tampoco llegaremos a ver Humaitá. Ese monumento paraguayo que más que monumento es cicatriz. Algo curioso que el monumento que es representación de una nación entera sea una ruina.

Tenía obsesión por ver Humaitá desde el río. Pero tenía que dormir. Así que, ya sola en el camarote desde anoche, me puse el despertador cada cierto tiempo.

Estaba oscuro, cada vez que salía a mirar, ninguna luz, nada. No Humaitá.

Tengo obsesión por ese monumento que más bien es una cicatriz. Una iglesia ubicada al sur, bastión durante la Guerra de la Triple Alianza, una ruina. Yo me pregunto siempre: ¿por qué una ruina se identifica con un monumento “nacional”? Una ruina, un resto, el saldo; la cicatriz que marca una pérdida.

Humaitá - Postal de la Colección de Milda Rivarola

Humaitá - Postal de la Colección de Milda Rivarola