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Hoy el viejo hubiera cumplido 79 años. En esto de clasificar papeles a veces se encuentran cosas y uno debe detenerse para mirarlas, leerlas. Cuando en 2001, murió mi tío Gato, el viejo escribió algo en Ultima Hora. Encontré el … Sigue leyendo

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El último tramo

Mi viejo no usaba computadoras. Las miraba con desconfianza. Yo supongo que ya le daba pereza aprender algo que le hubiese robado horas de trabajo. Pienso que le hubiera encantado manejar su propio Twitter (que un amigo suyo – Diego Brom- abrió y que mantenía con frases más o menos terribles), despotricar en un Blog o putear en el Facebook. Por suerte, para todos los que le rodeamos, no accedió a las redes sociales. Nos hubiera metido en muchos aprietos.

Todo esto para decir que desde que se dejó de lado la máquina de escribir, él escribía sus textos a mano y alguien: Regina Duarte, yo y, en los últimos tiempos Ricardo Flores copiábamos para luego enviarlos a algún diario o a alguien en particular, vía correo electrónico.

Tengo en mis correos, entre mis carpetas y nubes, textos que no sé qué son. A veces, cuando necesito espacio, los abro. Muchas veces son cartas institucionales que van a parar a la papelera. Pero otras veces me encuentro con textos del viejo. Y da tanto gusto. Es como si me llamara por teléfono.

No tengo el año de este que trascribo aquí. Mi computadora dice que lo subí en el año 2008 y lo modifiqué en el 2012. De todos modos, no sé si importa tanto.

El último tramo

No siempre se consigue lo que se pretende. Es casi el inútil deseo. La inevitable levedad de las cosas prohibidas, la forma del amor que no se cumple ni se verifica. Es apenas el aire suave que no habla por nosotros, algo que nos niega sin alarmas ni sorpresas. La sensible mudez.

Ahora, el último resplandor. Ese que todo lo apaga para dar inicio al vacío donde no existe la mirada ni la posibilidad de reflejarse en nadie porque el atrás se ha vuelto oscuro e insondable. Es, quizás, el infierno. O lo que se imaginó como infierno. ¿Estamos seguros de que no existirán las palabras? ¿O es también aquello que reposa intocado en el baúl de los tiempos? Posible señal en los avatares del camino. Aquel que sólo se recorre una vez y no permite retroceder para encontrar la salida, la puerta que nos libere, la que nos expulse del laberinto, la que, por fin, nos inunde de nada, en esa noche cuya profundidad remite al silencio. En ese tramo, hemos de sumirnos en el todo, otorgarnos al río que no puede regresar y que nunca será el mismo.

Carlos Colombino
Esteban Cabañas

El viaje

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Un viaje nunca empieza cuando empieza. Así escribía en un cuaderno que hace 5 años me acompañó durante un mes en la travesía del Parana.
Ese viaje había empezado en avión. Había visto el río que navegaríamos desde el cielo,  para luego seguir el viaje en un barco que nos devolvería a Asunción.
Ahora estoy escribiendo esto desde una camioneta sobre la Avenida Artigas que nos llevará a la frontera para luego llegar a la ciudad de Resistencia.
El viaje empieza mañana pero empezó hace tiempo en la imaginación de cada una de las personas que lo integran.
Allá vamos, a que este territorio imaginario y concreto nos recorra. Vamos a dejarnos recorrer.

Paraguay V

En marzo de 1999 vivía en Buenos Aires. Era mi último año en esa ciudad.

No tenía Internet ni tele. Teléfono sí tenía. Mi mamá me contaba todo lo que estaba ocurriendo -ella lloraba- y yo sabía que en esa plaza estaban los amigos, las amigas. Veía las noticias en casa de una amiga y era terrible ver todo eso y no poder poner el cuerpo allí donde sentía que debía estar.

Fue allí que escribí lo que después fue parte del librito Tierra de Secano:

 

Antes que lejos

mejor no haber estado en ningún lado

 

La tinta juega a ser sangre

a veces

 

Mis manos deben servir al menos para esto

 

Para recordar el sentido de quedarse

Este país merece ser abandonado, como él nos abandonó hace tiempo. Las ganas no faltan, irse y, como Mangoré, no llevar ni la tierra en los zapatos. Siento eso y luego recuerdo el poema que el viejo le escribió a Mida Rivarola. Y entonces siento que no le daría ese gusto a nadie.

Poema XXII

Esteban Cabañas

A Milda

No vamos a retirarnos

ni a adelgazar el humo

que cabe en una horquilla

ni a reventar las calles con granadas

o brazos o luciérnagas

Acaso venga un viento

que limpie las veredas

Acaso pueda desaguar el río

No vamos a indagar los perdigones

ni a convocar al vástago

No queremos políticos

ni circos

ni ladrones

No vamos a dejar el sitio

que lo sepan

Que lo sepan las sombras

de los torturadores

la piel de los caídos

más allá del tormento

Los que están bajo el viento oscuro de la noche

los que están aquí mismo

con el corazón hueco

en mudez y en memoria

Los que hasta ayer veían

con el sueño

y hoy parece que han partido

hacia otro sueño

o quizá hacia otra orilla